Lisandro Brevia era un amico di Jose'.
Ecco come lo ricorda sulla Capital, un giornale argentino:
Conocí a José Baravalle a mediados del año 1967. Yo estudiaba abogacía en la entonces Escuela de Derecho, cuyos pasillos estaban llenos de soldados y policías de uniforme. Era la época de Onganía y de Borda, su ministro del Interior. José estaba terminando el colegio secundario en el Sagrado Corazón y participaba de la incipiente politización que tenía a su casa del bulevar Oroño como uno de los centros nocturnos más activos de la ciudad. Terminar el secundario, comenzar Económicas y empezar a militar fue un conjunto. Como casi todos los militantes de esa época, no disfrutó ni un solo día de esa maravillosa etapa de la vida que es la juventud; sobre todo la juventud en la Universidad. De entrada fue el artífice -junto con Miguel Alejandro Domínguez, "El cabezón", y el petiso Lagrutta- de la Juventud Universitaria Peronista de Ciencias Económicas. Su vida era la militancia; su casa, a una cuadra de la Facultad, era el lugar de reuniones, imprenta -con mimeógrafo incluido-, depósito de carteles y algunas cosas más. Su compromiso ocupaba las 24 horas del día, y su familia pasaron a ser sus compañeros. Su desfachatez, su desenfado, su valentía, su posterior integración en la organización, hicieron de José un personaje de película italiana. Cuando la historia empezó a complicarse tuvo infinitas posibilidades de mudarse, de irse de la ciudad, también de exiliarse, como tantos. Lo detuvieron una mañana del invierno de 1977 en 9 de Julio y Alvear, es decir, a la vuelta de su casa. Recuerdo perfectamente el día que me avisaron que podría haber algún problema debido al comportamiento de él como detenido. Me alertaban, me presionaban para que tomase medidas sobre mi seguridad ya que él sabía perfectamente la valiosa información que para ese entonces yo manejaba. "Conmigo, con Eduardo y con Arturo no hay problemas", repetí una y mil veces, y ni siquiera tomé la menor medida al respecto. Y no me equivoqué. Nos encontramos en España. Tardó un día en llegar a Barcelona desde Biela, donde vivía, para venir a hablar conmigo. Llegó como siempre, solidario, generoso, contento porque había hecho pie en Italia como obrero de día y lavacopas de noche. En ese encuentro, y en varios viajes más, hablamos de todo, y ahí tomé conciencia de la gravedad de lo acontecido y del dolor terrible que llevaba dentro. Había perdido la risa fácil y sintió un especial alivio luego de haber tenido larguísimas reuniones con los máximos responsables de Montoneros. Luego, es conocido su deambular por los estrados judiciales rosarinos. Pasó lo que pasó, es así, como es absolutamente válido el derecho de justicia de todos los familiares de nuestros compañeros. Al enterarme ayer de su determinación de irse, al leer la carta que dejara para sus amigos y hermanos, siento que la historia se me cae encima. Ver llorar a Bussi todo el día por televisión, observar el hieratismo de Menéndez, no me da ninguna alegría. Generan un estado confusional, deliberativo, irrefrenable, que da la idea de que nada se termina, que la historia sigue... La ida de José es una actitud digna y consecuente con la de ese joven que conocí hace 39 años, que "melonié", convencí, involucré; de aquel joven que lleno de ilusiones y alegrías dejó todo en aras de una causa que nos obnubiló a muchos, pero que el hecho de no poder soportar la tortura terrible que padeció lo tuvo desde ese entonces sin paz. Ahora ya la encontró.
Lisandro Brebbia
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